Microbicidas rectales: ¿quién los necesita?

 

Tanto heterosexuales como homosexuales practican sexo anal por placer. A veces, muchas personas heterosexuales también consideran como un incentivo la posibilidad de tener sexo sin riesgo de embarazo. En estudios realizados en Estados Unidos, más de un quinto de mujeres heterosexuales reconocen haber practicado el coito anal y un 6,7% de parejas heterosexuales lo practica al menos una vez al mes.[1] Entre una cohorte de mujeres estadounidenses reclutadas por estar en riesgo relacionado con el VIH, un 32% manifestó haber tenido sexo anal en los últimos seis meses. Los escasos estudios internacionales de los que disponemos demuestran que el coito anal también lo practican diversas poblaciones en todo el mundo.[2]

 

El VIH es significativamente más fácil de transmitir al miembro receptivo de la pareja (varón o mujer) durante la penetración anal que durante la vaginal. Los condones ofrecen una barrera eficaz frente a la infección por HIV y algunas otras infecciones de transmisión sexual, como la gonorrea, que pueden facilitar la transmisión del VIH. Pero millones de parejas receptivas encuentran dificultades o les resulta imposible asegurarse de que sus parejas utilizan el condón en cada penetración.

 

Los microbicidas rectales podrían ofrecer protección primaria en ausencia de condones y también protección añadida en el caso de que el condón se rompa o se deslice. Para aquellas personas que no deseen utilizar condones, los microbicidas rectales podrían constituir un medio alternativo de prevención, en especial si llegaran a ser lo suficientemente discretos y/o potenciaran el placer sexual para motivar a la gente para que los use de manera consistente. Alternativas así son esenciales si queremos cubrir un amplio espectro de las prácticas sexuales más prevalentes y la necesidad humana básica de disponer de herramientas preventivas del VIH y otras ITS accesibles y controladas por el/la usuari@.

 

 

¿Cuál es la diferencia entre microbicidas vaginales y rectales?

 

Hay aproximadamente 50 posibles microbicidas en investigación para su uso vaginal, pero aún no está del todo claro si alguno de ellos será adecuado para su uso rectal. El recto y la vagina tienen estructuras y ecologías naturales muy diferentes: la vagina, por ejemplo, es un saco cerrado mientras que el recto es parte de una cavidad abierta. Es probable que sea necesaria una mayor cantidad de producto para una cobertura rectal adecuada que en el caso de la vagina.

 

Una mayor cantidad de células con receptores CD4 y más receptores CD4 en cada célula hacen de la mucosa rectal un foco particularmente vulnerable a la infección por VIH. El tejido rectal es más frágil que la mayor parte del recubrimiento vaginal. Estos factores favorecen aún más la vulnerabilidad de la mucosa rectal a la irritación, la rotura y la infección durante la práctica sexual.

 

 

La investigación sobre microbicidas rectales está sus inicios

 

Aunque la mayoría de la investigación sobre microbicidas se centra en el uso vaginal, ya están teniendo lugar algunos estudios rectales. Estos incluyen estudios preclínicos (de laboratorio) y ensayos clínicos con participantes humanos. La investigación preclínica aborda tanto seguridad como eficacia.

 

Estudios in vitro comprueban los efectos en la flora recta de varios productos candidatos que están actualmente en estudio para su uso vaginal. Esto ayuda a los científicos a identificar aquellos productos que pueden dañar el ecosistema rectal y, por tanto, no deberían ser tenidos en cuenta para futura investigación para uso rectal.

 

También están en marcha estudios encaminados a identificar nuevos productos con posibilidades de uso rectal . En 2003, por ejemplo, investigadores de la Universidad de Washington descubrieron que Cyanovirin-N (CY-N), una proteína antiviral derivada de un alga azul-verde, protegía a los macacos de infectarse tras la exposición recta al VIHS (un virus similar al VIH capaz de infectar y provocar una enfermedad similar al sida en monos). Los trabajos sobre este producto siguen en marcha. Algunos investigadores están desarrollando nuevas tecnologías para su aplicación efectiva, mientras otros se dedican a determinar la dosis mínima necesaria para prevenir la infección por VIH.

 

Los ensayos clínicos están empezando a llenar una profunda laguna de conocimientos sobre cómo afecta el tejido que recubre el recto. Esta información ayudará a los científicos a identificar productos que puedan ofrecer protección adicional y también establecer una base para la evaluación sobre la posibilidad de que un producto candidato aumente la vulnerabilidad rectal a la infección por VIH.

 

Ensayos de fase 0 están en marcha para determinar los niveles básicos de lesión e inflamación que se producen en el recto durante una penetración anal típica. En los ensayos de fase 0 no se usan microbicidas candidatos, sólo lubricantes neutros. Para realizar ensayos de seguridad de fase I, los investigadores deben estar en situación de asegurar si se la irritación o lesión observadas podrían haber ocurrido de todas formas sin el uso del producto. Los datos de fase 0 establecen una línea de base con la que comparar esa determinación.

 

Ensayos sobre "Tolerancia masculina" evalúan si un posible microbicidas provoca irritación en el pene o en la uretra del varón. Esta información es vital para el éxito de la introducción de un microbicida vaginal o rectal, ya que un producto que aumente el riesgo de exposición o resulte irritante para la pareja insertiva sería inaceptable. 

 

Otros estudios están combinando enfoques clínicos y conductuales para empezar a aprender qué clase de productos podría desear y estar en disposición de utilizar la población general. Los investigadores recogen información sobre la reacción de l@s usuari@s ante cantidades variables de lubricantes neutros por vía rectal (qué cantidad es “demasiado”) y sobre las preferencias de l@s usuari@s ante el uso de supositorios frente a geles.

 

Conocimientos actuales

Algunos fabricantes empezaron a añadir N-9 (nonoxynol-9), un espermicida usado habitualmente en productos contraceptivos sin receta, a los condones y lubricantes para uso sexual desde el momento en que se demostró que N-9 eliminaba el VIH en pruebas de laboratorio. Ahora se sabe con certeza que N-9 puede irritar el tejido tanto vaginal como rectal, posiblemente favoreciendo así la entrada del VIH y la infección de las células diana. En un estudio se demostró que los lubricantes que contenían N-9 lesionan las células de la superficie del tejido rectal, potenciando su vulnerabilidad a la infección.

 

La Organización Mundial de la Salud y muchas otras autoridades sanitarias advierten contra el uso rectal de productos con N-9, incluyendo condones que lo contengan (a menudo etiquetados como “lubricados con espermicidas”).

 

Necesitamos microbicidas de uso rectal que sean seguros y eficaces. Ahora es el momento de promoverlos. La homofobia y la estigmatización han entorpecido los estudios necesarios sobre la prevención de infecciones rectales. No podemos continuar permitiendo que esta doble estigmatización demore las gestiones destinadas a fomentar el desarrollo de estos productos de urgente necesidad. El creciente número de nuevas infecciones por VIH por transmisión sexual provocadas por la práctica de coito anal no protegido es la prueba de que no es suficiente disponer del preservativo como única herramienta de prevención. Ahora es el momento de poner a disposición de las parejas receptivas métodos que puedan controlar. ¡Ha llegado la hora de los microbicidas rectales!.

 

 



[1] Kelly, Brian. 2001. Letter to the Editor: On Encompassing Sexuality.  American Journal of Public Health 91:11.

[2] Smith, Gary. 2001. Heterosexual and homosexual anal intercourse: an international perspective. Venereology 14:28-37